Miércoles 22 de Mayo de 2024

NOELIA BARCHUK

3 de abril de 2017

FALSAS RUINAS CIRCULARES por Noelia Barchuk

Quería soñar un Dios. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma.

        Descendió del fresno del cual había colgado por incalculables lunas. No sentía las piernas, parecía no recordar cómo era caminar. Dos cuervos guiaron sus débiles pasos. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular. Espejos develaron a su ojo derecho, la imagen de su ser. Cerró los párpados unos instantes, azorado quiso abrazar todo el conocimiento que hasta ese entonces le había sido negado. Sin embargo, una voz lisonjera susurró a su oído una frase de una antigua oración: “Es mejor no saber, que saber demasiado”.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un Dios. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma. Al principio, los sueños eran caóticos. Se confundían las divinidades de las distintas cosmogonías. Dioses, hombres y bestias transitando por laberintos de humo, con aroma de incienso algunas veces, otras de azufre. Despertaba perturbado, con la soledad arraigada a sus huesos. Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón. Adolecía no descifrar el mecanismo del engranaje de procrear un Dios.

Su propia humanidad quebrantada por el sabor de frustración. Venció el insomnio y acunado al tenue rayo de una estrella, con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. A veces, lo inquietaba la impresión de que ya todo eso había acontecido…Una falsa memoria, una burla suprema o tal vez, la yuxtaposición de los sentidos. El término de sus cavilaciones fue brusco, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a absolverlo de sus trabajos. Palpó el hueco de su rostro,  la marca del sacrificio otorgado a cambio de la eterna sabiduría. No era la muerte quién venía a rescatarlo. Un mortal, urgido de sus favores, llamaba a su puerta, clamando un rezo hacia él,  Odín, una noche de verano.



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