Lunes 4 de Marzo de 2024

SALUD

13 de octubre de 2023

Lidoro Galván, una Historia que Impactó en el Operativo Oftalmológico

Entre todas las historias del Operativo que encabeza la Fundación NANO se destaca la de Lidoro Galván y que, tan bien, describe la pluma de el Doctor José María Mujica de Fundación Nano, el Héroe de Malvinas de Fuerte Esperanza y el Impenetrable.

Se quedó quieto como una tabla toda la cirugía, el cirujano agradecido por esa ayuda en poquito tiempo lo liberó de la catarata y le implantó una lente transparente y bien graduada en uno de sus ojos negros que ya habían visto todo.

Es la segunda vez que la fundación Nano llega hasta hasta el corazón del impenetrable chaqueño para operar cataratas. El camino es infinito, de tierra dura, polvo liviano y tan largo como de la mirada. El monte pinchudo y seco a los costados esconde fauna, personas y secretos.

Fuerte Esperanza es un pueblo joven, hecho en solo dos meses hace menos de 50 años por el gobierno militar. Los estrategas aquellos pusieron un dedo en el mapa y ahí se trazaron las calles, la plaza, la iglesia y la comisaría. Había que poblar esa parte del vasto monte chaqueño sentenciaron.

En el apurón hubo cosas no previeron quizás, que no hay agua, ya que el río Bermejo queda lejos y hacer un camino decente. Este año llegó el acueducto, el camino está en veremos. Le dicen burocracia a la desidia, las promesas son mentiras y las mentiras nunca acaban.

Lidoro nació en el impenetrable en el año 1.963, se crió en el monte, como tantos y creció en el calor insoportable de Taco Pozo.

Algunos años pasó por la escuela rural, descalzo, pero con el guardapolvo limpio y después trabajó en el campo para ayudar a su familia. El monte fue su patio y ahí conoció las mortales yararas que de lejos distinguía de las mansas ñacaninas o curiyú que si bien son enormes no tienen la mordida maldita de las primeras. Dueño de los silencios del monte tenía especial habilidad para cazar quirquinchos, chanchos moros, guazunchos y ñandúes. Su madre transformaba sus logros en ricos guisos hechos en la cacerola sobre un estrebe en el fogón siempre encendido dentro de su casa.

A los 18 entró al servicio militar en Resistencia, Chaco. Le pusieron borceguíes pesados, una mochila enorme y a los gritos un día lo metieron en un avión, después en otro y después en otro más que terminó aterrizando en las Malvinas. Lidoro bajó vestido de soldado, con una ametralladora pesadísima a su cargo y en medio de una guerra. Le dijeron que estaba defendiendo la patria, y él entendió que la patria era el monte, entonces peleó como un tigre.

 

En las islas conoció el horizonte y el frío.

Dos novedades enormes para ese chico tímido e inocente. “Acá sufrí el calor y allá sufrí el frío y nunca más me quejé del calor”.

Durmió muchas noches en pozo de zorro, mojado, asustado y viendo pasar las llamaradas de las bombas. Algunas caían lejos, otras no. Los estruendos en lo oscuro no se parecían al grito de las charatas, ni al picoteo de los pájaros carpinteros, ni a los gritos de las bandadas de loros que seguirían pasando sobre su casa. Esos traían la muerte y de alguna manera animaban a Lidoro, “eran grandotes los ingleses, pero caían igual”.

Lidoro no llega al metro sesenta. Pelo corto, ojos negros hundidos, algunas arrugas y un porte derechito, casi firme. Habla poco y piensa lo que dice. Lidoro esquiva los fuegos artificiales de las fiestas, los vecinos saben que él desaparece a fin de año.

“Caí prisionero y me trataron bien”, dice con sorpresa. “No teníamos comida y hacía mucho frío”, ellos nos dieron comida.

Un día la guerra terminó y los mismos estrategas de siempre lo llevaron a su pueblo. El no sabía que era un héroe, lo llevaron a defender la patria, tuvo suerte, tiene claro y vino a su casa, y armó una familia, tuvo hijos y siguió la vida. Igual dice que “de la guerra nunca se vuelve”.

Pronto se le fue opacando la vista. El sol lo enceguecía, le costaba distinguir las hojas de los árboles y el monte se fue desvaneciendo. Se podía arreglar le dijo una médica joven en junio de este año, tiene cataratas.

Terminada la cirugía Lidoro bajó de la camilla y el cirujano le dijo, con la vos medio quebrada, que esperara un poquito, y en ese quirófano, de ese hospital chiquito se armó un pequeño homenaje, simple y aplastante: “Soldado Jose Lidoro Galván, gracias por confiar en nosotros. Fue un enorme honor haberlo operado.” Mierda, se aflojaron la patas y todos los ojos estaban llorosos. Lidoro nos miró, asintió, y se fue despacito, a seguir con la vida.

En el medio del monte del impenetrable chaqueño, el viernes al medio día, un grupito chiquito de personas venidas de distintos lugares del país tuvieron un momento hermoso de unión, reconocimiento y alegría y en ese paréntesis minúsculo el monte fue silencio y el pecho fue un océano.

 

 

Con Fuente de la ACHO.



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